La aparición de nuevas tecnologías suele generar una especie de pánico moral ante las pérdidas. Hoy sorprende saber que cuando Gutenberg inventó la imprenta, algunos de sus contemporáneos dijeron que traería aparejado el declive de la memoria. Quizás algo de razón tenían esos críticos, pero sería muy necio negar que la capacidad de archivar y transmitir la memoria se amplió enormemente con la aparición de la imprenta.
Algo similar está sucediendo con la irrupción avasallante de las nuevas tecnologías. Surge nuevamente el pánico moral, y esta vez el sujeto amenazante son los jóvenes.
Pero se empobrecen realmente los lenguajes y las experiencias de los jóvenes? La investigación de McEnery no deja en claro de dónde salen esos 10 millones de palabras que analiza. No me extraña saber que los chicos hablan siempre de lo mismo en sus blogs, pero eso no quiere decir que en otros ámbitos no produzcan argumentos de más riqueza. Tampoco analiza sus producciones audiovisuales, donde a veces tienen logros complejos y bellos que combinan textos, imágenes y sonido de una manera envidiable para los que sólo sabemos expresarnos por escrito.
Creo que la pregunta central es qué se gana y qué se pierde con estas transformaciones. No hay duda de que hay cambios en la escritura y la lectura, y que el lenguaje se vuelve más simple y más "perezoso", pero algunos dicen también que más eficaz. En pleno sufrimiento por tener 2100 caracteres para esta columna, valoro mucho a quien pueda decir algo inteligente y provocador en sólo 140, como se hace en Twitter. Es una competencia que no habría que subestimar.
El riesgo es una sociedad que se queda en los titulares sensacionalistas o en los pensamientos simples, contundentes y provocadores del power point o de la publicidad. La culpa no es de Twitter ni del chat, sino de otras formas de interacción y de valores sociales que se van imponiendo.
Si el lenguaje se empobrece, el problema no son los jóvenes, sino una sociedad que cada vez valora menos los argumentos matizados y complejos. No me asusta que los jóvenes vean mucha televisión y no conversen, si lo que suman es un mensaje interesante y desafiante que los conmueve y los hace pensar. Lo mismo, claro, vale para los adultos.
La autora es investigadora de Flacso y directora de Sangari Argentina
La Nacion, 21-Jan-2010
6 de Setembro de 2010 |
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